Desahogo y reseñas

Reflexiones Textos

No me corresponde escribir sobre lo que escribiré

mayo 3, 2022

No me corresponde escribir sobre lo que escribiré

Carta a mi abuelo Nacho.

DECIDIR:

Mi abuelo murió el 26 de noviembre del 2016 pasadas las 9:00 de la mañana. Creo que fueron unos 30 minutos los que viví en cámara lenta.

Llegamos junto con la ambulancia. Mi madre bajó del auto corriendo, no cerró su puerta, la siguió mi papá, luego los paramédicos y por último mi hermano. Sabía qué estaba pasando, pero era muy cobarde para enfrentarlo, así que me tardé más en bajar y enfrentarme a la noticia.

Tenía la ligera esperanza de que no fuera cierto. Quería entrar y ver a mi abuelito sentado en el sillón de siempre para recibirme con un beso.

Tuve que enfrentarme a la realidad y lo primero que vi fue a mi mamá desecha. Me acerqué con lentitud a la puerta de su habitación y vi la escena por la que todos los presentes lloraban.

Yo vi a mi abuelo dormido y para no despertarlo, no entré.

El cuerpo fue expuesto un poco más de 24 horas. El ataúd siempre estuvo abierto, algunas personas se sentían intimidadas e incómodas, pero para mí era tan natural, era mi abuelito, dejarlo con un vidrio interponiéndose sería una grosería.

Se enterró a medio día, no recuerdo bien la hora, pero fue después de las 12:00 y antes de las 3:00 de la tarde. Pasamos a despedirnos: uno por uno, hijos y nietos. Le di un beso en la mejilla y mi mamá anticipando mi dolor, me abrazó por la espalda y me volteó hacia ella sosteniéndome. Yo quería gritarles a todos que ese no era mi abuelo, que su mejilla no era fría ni se sentía como piedra, que el verdadero Nacho tenía las mejillas cálidas y grasosas, que al darle un beso podías sentir los pliegues de su piel, que de ser él ya hubiese sonreído por el gesto. Yo no quería que el hombre ahí postrado fuera mi abuelo.

En fin, durante la primer media hora de su muerte y durante un par de horas antes de su entierro yo estuve en negación y en absoluta cobardía.

¿Cómo podía enfrentarme a esta pérdida? ¿Qué sucedería una vez concluido el novenario? ¿Lo extrañaría mucho, poco, regular? ¿Qué estaba realmente pasando? ¿Por qué estaba viviendo eso? ¡Yo no quería vivir eso!

No fue el primer familiar mío en morirse, pero sí el primero tan cercano y doloroso.

Cuatro años han pasado, todavía duele, todavía lo extraño, todavía entro en estado de negación y cobardía, pero en estos cuatro años he crecido, he madurado, he enfrentado pérdidas un poco más grandes y hasta más dolorosas y he comprendido algo tan valiente que mi abuelo hizo: decidir morir.

Parte 2:

Mi abuelo decidió morirse y esto sucedió un 26 de noviembre del 2016 pasadas las 9:00 de la mañana. Nadie se interpuso en esta decisión, fue acatada, respetada aunque doliera, y lo último que se hizo por él fue más que nada hecho para nosotros, los que nos quedamos.

No podría decir jamás que fue una especie de suicidio, al final fue su cuerpo quien ya no respondió como debía, pero en definitiva mi abuelo ya no quiso hacer algo para que su cuerpo reaccionara por más tiempo.

Lo tildo de valiente porque decidir morir no es sencillo. Decidía quedarse en cama, no cambiarse ni bañarse, no comer, no ir al médico, no dejarse revisar el sangrado, no tomar todos sus medicamentos.

Mi abuelo también decidía darnos paz de vez en cuando y salía de su habitación con nosotros, nos contaba las historias de siempre con una sonrisa en el rostro, pero al otro día volvía a las decisiones que ya conocíamos y que no nos gustaban.

Mi abuelo decidió que no quería más citas médicas y estoy casi segura de que intuyó su muerte “aceptando” por fin ir a una revisión que había sido marcada en el calendario y con letras grandes pegado al refrigerador: “27 DE NOVIEMBRE DEL 2016. CITA NACHO”. Hasta risa me da ahora.

Sin embargo, no pudimos dejarlo. Yo lo tengo aquí conmigo, en mis recuerdos y en mi presente.

Te recuerdo:

Querido abuelito, llevo alrededor de tres meses teniéndote constantemente en mis pensamientos.

Cuando cumpliste dos años de muerto me sentí muy mal, porque ya había olvidado el sonido de tu voz, porque ya no había ni un par de calcetines tuyos que tuvieran tu fragancia.

Esos días me sentí como el peor ser humano, sentí que ya te había olvidado, que nunca tuve a mi abuelo Nacho, que habías sido una ilusión a la que apenas nombraba, pero tiempo después volviste a mí de una forma muy fuerte.

Hoy, abuelito, te tengo todo el tiempo conmigo. Recuerdo perfectamente los gestos de tu rostro al rezar el rosario, cómo gesticulabas tan despacio mientras cerrabas los ojos mientras un par de lágrimas corrían por tus mejillas. Sé muy bien cómo era la posición de tus dedos derechos mientras pasabas cada bolita del rosario mientras la mano izquierda la postrabas en tu pierna.

Y puedo oírte otra vez. Tu risa ha llegado a mis oídos y me ha dado calma, también el sonido de tu voz cuando te enojabas… estás aquí, muy aquí.

Escribo sobre lo que no debo porque quiero seguir nombrándote, te extraño


    Escritora.



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