¿Les ha pasado?
¿Les ha pasado que hacen algo que los hace sentir súper bien, pero la gente comienza a hacerlos sentir mal por sentirse felices?
Yo puedo refugiarme en mis letras, en mis versos, en mis párrafos saturados de sentimientos entre cada par de líneas. Yo aquí entre mis códigos me siento segura, protegida. Aquí no me da miedo contar lo feliz que fui por no estar hundida en la negrura de sus ojos, ya no más.
Había una enredadera hermosa, que se había ido trepando a la par de mis arterias. La alimenté de mí, le di agua y cariño. No sé cómo logró que volviera a preocuparme por otra cosa que no fuera yo. Esa enredadera no era mía, y yo no pertenecía a la enredadera. Compartíamos mucho tiempo y varias confidencias de vida.
Un día la enredadera se cansó del cariño y el agua que yo le daba, no le parecía darme oxígeno a cambio. Quería que todo fuera para ella, atención para ella, tiempo para ella, corazón para ella, besos para ella, espacio cuando lo quisiera y amor cuando yo ya no pudiera. ¿Para mí? La felicidad de verla bien, nomás. Así que dejé ir a esa enredadera, por mucha ilusión que me hiciese que siguiera en mi vida, por mucho que hubiese logrado hacer brillar de una manera nueva mi sonrisa, por más que ya casi todos mis cercanos supieran de la vida que me estaba devolviendo tenerla enlazada a mis entrañas.
Cuando quiso irse, y por la forma que escogió para despedirse, decidí que lo mejor era dejarla avanzar lejos de mí. Ni siquiera quería que viese lo mucho que me había dolido, nunca había llorado frente a ella y no quería que verme mal afectará su decisión. De verdad quería que se sintiese libre. Yo quería estar sola con mi dolor.


