Desahogo y reseñas

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Otra Luz

marzo 29, 2021

Otra Luz

Quiero platicar contigo:

Hay una razón por la que casi no he hablado de ti, por favor no pienses que te he olvidado, lo que pasa es que no puedo. Me duele el recordar tu olor, el sentir de tu abrazo, los gestos de tu rostro ante mi presencia, tus “te quiero mucho, mi niña”. Y creo que todavía no me gusta hacerlo (recordar), no me gusta saber que no puedo correr a tu casa, gritar en la reja “¡soy yo!” y ser recibida por un beso tuyo. Perdóname, no puedo estarte recordando, no puedo pronunciar mucho tu nombre, es que tu ausencia me lastima y no decir algo de ti crea la ilusión “perfecta” (no es cierto) de un mundo en el que no existes.

Pasó casi un año para atreverme a entrar al cementerio, quería ignorar tu tumba, quería hacer como que ahí no estabas, pero estabas, y me llamabas, y juré que podía escuchar tu regaño. Cuando me senté quería sacarte e implorarte que volvieras, que regresaras tantito y le dieras una caricia a mi alma, pero volviste a esfumarte y mientras te ibas (de nuevo) quise odiarte para no tener que recordarte. Entonces mi cabeza dijo “odiando también recuerdas”, así que te pedí perdón, perdóname por querer odiarte, aunque hubiese querido no puedo porque te quiero, te quiero tanto, ojalá estuvieras aquí.

Te convertiste en un montón de cosas. Ahora eres: helechos, orquídeas, macetas de colores deslavados, jaulas de pájaros, suéteres feos, cualquier voz ronca y aguda, café mal hecho, pan con hormigas, mi panza rugiendo, mi risa escandalosa. Eres una luz que veo en mi madre, la forma de amar que tiene ella (y de lo que más te agradezco, lo que mejor le enseñaste), hasta su inocencia.

Y no sé si sepas, pero me aguanté las ganas de llorarte un mar la última vez que nos vimos (la última vez que te vi sólo te vi yo, sé que tú ya no viste nada en esos momentos de agonía). Estabas en la cama, sin quejarte, respirando apenas y yo no podía hacer nada mas que ponerte las oraciones que mi mamá me había dejado en el celular y verte, y hacerme la fuerte, y hacer como que escribía algo, pero quería llorar y quería abrazarte, y quería rogarte que lucharas y no nos dejaras porque soy una egoísta que te quería más tiempo en la tierra. Quería decirte que tu ausencia iba a ser insufrible y que no podías dejar a mi mamá porque mi mamá sólo nos tenía a nosotras dos. Me aguanté, me aguanté como pude para no escupir el fuego que me recorría la garganta y me aguanté las ganas de reclamarle a Dios por estarse llevando frente a nuestros ojos un alma tan buena como la tuya. Perdóname por no haberte dicho más cosas, me estaba aguantando.

Ese día quisiste lucirte y comiste toda tu gelatina, mi mamá te la dio en la boca, y ahí también quería llorar porque la vista a ella con muchísimo amor. Recuerdo ver cómo te volvía tantito de la vida que se te estaba yendo cuando mi madre te dio el primer bocado y el agradecimiento de tu gesto. Recuerdo cómo bromeaste con tu apenas audible voz y cómo me sonreíste cuando pude reírme fuertemente (esta vez no me dijiste que fuera menos escandalosa). “Le hizo bien que vinieras”, le dijeron a mi mamá, y a mi mamá también le hizo bien ir y escucharte decirle por última vez con esa voz que no puedo arrancarme de la cabeza “te quiero mucho, mucho, hija”. Creo que han sido las muestras más grandes de amor que he visto en toda mi vida.

Desde que te fuiste le empecé a decir a mi mamá como a ti te decían, sólo para seguirte nombrando, pero sin nombrarte precisamente. Sólo así he podido decir tu nombre: dirigiéndome a mi madre.

Te extraño y me dueles, te lo digo en serio. De nuevo, por favor no pienses que me he olvidado de ti, es sólo que no he podido terminar de asimilar tu ausencia. Ojalá estuvieras aquí, pero pues no estás, y no está tu abrazo, ni tu beso, ni tu regaño, ni modo. Te quiero, te quiero, te quiero.


    Escritora.


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