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Morir es impreciso e inevitable

enero 26, 2020

Morir es impreciso e inevitable

Morir es impreciso e inevitable
Nunca me ha gustado el concepto “muerte”, mucho menos su ejecución ¿a alguien le gusta? Siempre me ha dado miedo, me aterra pensar en la mía o en la de quienes me rodean. Parece una cualidad de todos, algo que se tiene siempre y que es cosa de la vida, un momento de ella. A veces pienso que está presente todo el tiempo de manera invisible, que es pequeña, en su mayoría rápida y que no necesita de tanto tiempo como la vida para crear impacto . ¿Qué es la vida sin la muerte?
No me gusta su impuntualidad, su impertinencia, que suele llegar de sorpresa incluso cuando se está esperando; no la quieres y llega, la buscas y tarda. Te quita algo que tienes (o a alguien) y no te lo devuelve. La muerte llega y se queda contigo, es eterna en el mundo de los que todavía están vivos; te lleva a quién sabe dónde y aún no se sabe por qué ¿por qué?
A veces cuando empieza a asomarse y baila con la vida (al tiempo que compite con ella), es inevitable, inunda todo lo que está en su paso con purita tristeza. Y la ves de a poquito, rezas para que se vaya, lloras porque está ganando y comienza una cuenta regresiva que no se puede empezar con precisión, algo que termina haciendo más desesperante la espera, matando a puñaladas la esperanza. Entonces comienza el enojo y el egoísmo porque ¿cómo puedo dejar ir? No se puede dejar ir.
La muerte toma el lugar que le corresponde en la vida y nos ponemos frente a ella suplicando que por favor se vaya, “cuánto dolor has causado” “cuánto dolor puedes causar” le decimos desechos, pero ella no escucha, no está para escuchar.
La muerte lastima, se encaja en los vivos y los llena de egoísmo. Es agonizante, es atroz, es dolorosa. Duele verla llegar, duele verla permanecer en alguien que amas y duele darse cuenta de que se instauró en un cuerpo que no reaccionará a la vida nunca más.
La vida sí se extingue, creo que, al final de cuentas y pese a mis creencias, la vida sabe volverse individualista cuando es su turno de expirar en un alguien.

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En noviembre del 2017 cuando mi abuelo murió casi de sorpresa, comencé a pensar que me hubiese gustado estar más preparada, tener cierta idea del tiempo que me quedaba con él para sacarle el mayor provecho. La última vez que lo vi con vida fue 15 días antes de su fallecimiento, pude darle un beso y decirle “te veo en 15” cosa que en parte para mí fue cierta.
En noviembre del 2019, hace un par de meses, nos enteramos de que una de mis tías abuelas, otra abuelita para mí, tenía sólo un mes de vida: qué cosa tan desesperante. Me arrepentí por cada vez que dije que me hubiese gustado saber con antelación que mi abuelo iba morir pues ahora me doy cuenta de lo dolorosa y agonizante que fue esta espera.
Y esto es para ti, querida tía, que me enseñaste tantas cosas que jamás creí que también me ensañarías sobre la muerte. Te quiero con cada latido de mi corazón y agradezco por cada latido del tuyo.


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