Desahogo y reseñas

Cuentos

Instructivo para salir de una roncha

marzo 28, 2020

Instructivo para salir de una roncha

Despertó de golpe sabiendo que algo extraño estaba sucediendo. Era sábado en la mañana, abrió los ojos y se incorporó rápidamente, no estaba bien. Se quitó las sábanas y examinó su cuerpo, sus piernas desnudas fue lo primero que miró, notó entonces un bulto en la espinilla izquierda de su pierna. Era una roncha entre rojiza y morada del tamaño de una ciruela. Instantáneamente sintió ganas de rascar la roncha y sin poder detenerse llevó sus uñas hasta ella en un fuerte y constante movimiento. No podía parar, no satisfacía la comezón. Comenzó a llorar de la desesperación y el dolor que le causaba aquella acción; sangre viscosa y oscura brotó de la roncha y fue cuando tuvo que detenerse. Sus uñas parecían haber fungido como navaja, la roncha quedó abierta como herida y junto con la sangre, una araña salió de ahí. Quedó paralizada por unos segundos, un sonido apenas audible atravesó su garganta rompiendo el sello de sus labios. Sin saber qué sentir primero (dolor o miedo), se hizo hacia atrás en su cama. La araña caminó sobre su pierna, luego sobre su cama y bajó al piso, caminó hacia la puerta y justo cuando iba a atravesarla, se detuvo. Ella supo entonces que la araña le estaba invitando a seguirla. Una vez que se incorporó aún con sangre escurriendo lentamente por su pierna, el arácnido continuó su camino. Aterrada le siguió hasta la entrada de su casa donde la araña, como si le hubiese dado un paro cardiaco, quedó muerta. Unos segundos después, llamaron a su puerta. En el porche, yacía una caja pequeña y sellada, sobresalía una nota que decía “Sólo dos mañanas más”. Abrió la caja, esta contenía vendas y agua oxigenada para curar la herida causada por la roncha reventada.
La noche del sábado se fue a dormir sabiendo que probablemente sufriría de insomnio, no fue así. Para su sorpresa, tuvo una noche reconfortante. Despertó el domingo en la mañana con la misma sensación del sábado, se quitó las sábanas y miró sus piernas. No había roncha, ni siquiera un atisbo de la herida. Pensó que lo sucedido la mañana pasada había sido un sueño, una mala jugada de su mente. Qué equivocada estaba. Comenzó a desnudarse para darse una ducha, fue cuando notó que tenía una roncha idéntica a la pasada en su seno derecho. Emitió un grito agudo. Una ganas incomprensibles de rascarse la asaltaron y en un acto violento entre sus uñas y seno, rascó hasta que la sangre comenzó a escurrir y la roncha quedó abierta; para su sorpresa, una cucaracha salió caminando. Estupefacta con la situación se dejó caer al suelo mientras el insecto atravesaba su seno dejando un camino de sangre en su recorrido por el cuerpo de la mujer. Llegó hasta sus caderas y bajó al piso. Una vez también en el suelo, la cucaracha se dirigió a la puerta de la habitación, igual que la araña, se quedó esperando a que ella le siguiera. Sin poder levantarse, a saber si por el dolor o por la impresión, comenzó a seguirle a gatas, casi arrastrándose, otra vez, hasta la entrada de su casa. Una vez ahí, la cucaracha quedó muerta de repente. Pasaron más segundos que con la araña (o al menos eso sintió ella) hasta que tocaron la puerta. Sin importarle su desnudez, el dolor del seno y la sangre escurriendo, abrió la puerta. Una caja un poco más grande que la anterior le esperaba. Un cartelito estaba insertado y se leía “Una mañana más y estarás lista”. La caja contenía vendas, agua oxigenada y un folleto donde se leía “Instructivo para salir de una roncha”, y una serie de pasos a seguir, siendo el primero despertar; lo que leía no tenía coherencia ¿cuándo podría implementarlos? Sonaba ridículo.
La noche del domingo le causó terror. No quería dormir porque temía mucho despertar en la mañana; despertar con una roncha donde salga quién sabe qué insecto; despertar y que toquen la puerta de su casa y encontrarse de nuevo con que alguien (o algo) está llevando un conteo de mañanas para quién sabe qué cosa. Sin saber por qué, quedó dormida pese al esfuerzo por no hacerlo.
Despertó de golpe en la mañana de lunes. Algo estaba mal, lo sabía. Se quitó las sábanas, miró sus piernas pero no encontró nada. Se incorporó, dispuesta a desnudarse y buscar esa roncha del tamaño de una ciruela, pero al llegar al espejo, la roncha estaba a la vista en su cuello. Con un efecto inmediato, fue a por ella y rascó hasta que las mismas yemas de sus dedos le dolieron. Junto con sangre casi negra, un alacrán salió caminando. Comenzó a llorar del miedo al mismo tiempo que el alacrán emprendía su camino del cuello a su brazo izquierdo para luego dejarse caer al suelo. Igual que los insectos anteriores, este caminó a hasta la puerta de la habitación esperando que le siguiera, cuando lo hizo, caminó más rápido que los otros dos hasta la entrada de la casa. Una vez ahí, el alacrán quedó muerto. Definitivamente estaban tardando más en llamar a la puerta. Se sentó junto a la puerta abrazando sus piernas esperando a que tocaran. No dejaba de llorar, temblar y emitir leves quejidos, no entendía qué sucedía. Por fin, después de media hora, con la playera de su pijama ensangrentada, un dolor punzante y agudo en el cuello, y ardor en todo el cuerpo, tocaron. Abrió lentamente la puerta, se quedó parada en el porche viendo a la caja sin saber qué hacer. Esta era mucho más grande que las anteriores. La roncha que ahora se veía ponchada y oscura parecía tener vida propia pues juraba escucharla gritar y moverse, algo que no había sucedió las mañanas pasadas. Notó que la caja tenía un papel pegado que decía “BIENVENIDA, TE ESPERÁBAMOS”, y una pequeña nota donde se leía “Por favor no olvides implementar el instructivo”.
La caja era muy pesada y grande, por lo que tuvo que arrastrarla al interior. Se sentó en el suelo y con un cuchillo quitó el sello que la protegía, ojalá no lo hubiese hecho nunca. Salieron de golpe un montón de arañas, cucarachas y alacranes. Se hizo hacía atrás y como puedo se levantó, los insectos que salían de amontones comenzaron a seguirla. Antes de llegar a su habitación, cayó de espaldas. Los incontables insecto llegaban en cantidades que parecían miles. Comenzaron a subir por su cuerpo y en menos de cinco segundos ya estaba completamente hundida en ellos. Gritó hasta sentir sangre en su garganta, intentó moverse y quitarse de encima a los insectos pero todo era en vano. Las arañas comenzaron a morderla, los alacranes a picarla y las cucarachas se metían por cada orificio de su cuerpo, dejando al último nariz y boca. Cuando llegaron a los orificios nasales y la primera atravesó sus labios, ella sabía que estaba por morir, aunque no supo cuándo lo hizo.
Despertó sin saber en qué día estaba o dónde. No entendía lo que sentía, ni por qué su vista de repente era tan extraña. Pensó si había sido un sueño o si había vida después de la muerte pues no reconocía el sitio. Se encontraba en un lugar oscuro, frío y viscoso donde parecía estar flotando pero que al mismo tiempo le aprisionaba. Sentía claustrofobia, no parecía haber salida. Quiso empujar la extrañísima pared con sus manos notando enseguida que no eran manos las que respondían a su orden, eran patas. Patas delgadas, pequeñas y peludas. Fue entonces cuando supo qué hacer.
-Paso número uno, despertar. Listo. Paso número dos… –dijo en alguna parte de su mente.


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