Desahogo y reseñas

Cuentos

Hugo

abril 8, 2020

Hugo

Ana cavaba un hoyo en un terreno baldío lleno de hierba apartado de la ciudad. No sabía si temblaba por el frío de la noche o por el horror que le producía tener que enfrentar posibles consecuencias gracias a sus actos. Entre más cavaba, más temblaba; pronto arrojarían el cuerpo y tendrían que tapar toda evidencia y borrar su rastro; entre más cavaba más cerca se sentía de la culpa. De vez en cuándo se quitaba un par de lágrimas y a su paso dejaba un manchón de tierra que en su cara se convertía en lodo.

 –Somos horribles, somos horribles, somos horribles –comenzó a repetir en susurros. Ya estaba por terminar el hoyo.

–Fue un accidente –dijo Esmeralda, quien cuidaba del cuerpo. –Fue un terrible accidente, no hicimos nada malo… esa no era la intención.

–Si no hicimos nada malo ¿Por qué estamos haciendo esto? –Ana señaló el hoyo ya terminado.

–Fue un accidente –repitió Esmeralda, luego tomó el pequeño cuerpo en sus brazos y lo arrojó al hoyo. –No sucedió nada… no su… sufrirá mucho cuando se entere, tal vez ya lo está haciendo –dijo de pronto llorando.

Cuando terminaron de tapar el hoyo se quedaron paradas viendo fijamente al suelo, misma dirección. Se tomaron de las manos y susurraron un “lo  sentimos, Hugo” al unísono. Recogieron sus cosas y cualquier artefacto que podría vincularlas. Se metieron al auto de Esmeralda y vieron por última vez hacia el terreno donde a su parecer, dejaban toda la poca inocencia que les quedaba.

–Debes lavarte la cara, Ana –luego Esmeralda arrancó el auto.

                                    ***       

–Ojalá estuviera muerto. Lo detesto. Detesto cómo entra a mi casa y destruye mis cosas. Ella no le pone ni un solo alto, está malcriado. Lo detesto. –dijo Ana.

–Nosotras podríamos ponerle el alto ¿sabes?

Ambas comenzaron a idear un plan entre pláticas matutinas para atrapar a Hugo y darle un escarmiento, tal vez así pararía por fin de entrar sin permiso a sus casas.

La primer parte del plan consistía sólo en esperar a que Hugo apareciera en cualquiera de sus casas, cosa que siempre sucedía. En una ventana, que es por donde solía entrar, pondrían un cable o hilo que al momento de abrir la ventana se moviese y con ello moviera una especie de palanca que haría caer una cubeta de metal llena de agua. Era un plan sumamente sencillo y Hugo odiaba el agua, además de que posiblemente se llevaría un golpe con la cubeta.

Decidieron poner la “trampa” más absurda jamás pensada en ambas casas y en las ventanas de las cocinas. Cada quien estaría en su casa por la tarde y llamaría a la otra en caso de que Hugo cayera.

Fue Ana la desafortunada.

Hugo entró una hora antes de que se pusiera el sol. Diestro en abrir ventanas de vecinas solteras, logró atravesar la de la cocina de Ana sin mayor complicación. Cuando entró con ese movimiento rápido tan específico de los de su clase, el cable, al mismo tiempo se tensó y jaló la palanca hecha de una rama de árbol que hizo caer la cubeta. Hugo emitió una especie de grito, al menos así juró escuchar Ana, pero después quedó la casa en completo silencio.

La dueña de la casa corrió rápidamente a la cocina con una sonrisa en el rostro sabiendo que su plan había funcionado, sonrisa que se borró en cuanto apreció la escena; en su rostro se dibujó entonces un grito que no pudo emitir.

Hugo yacía en el suelo, a lado de la barra donde se encuentra la ventana. De su cabeza salía sangre y sus ojos estaban abiertos. La cubeta lo había golpeado fuertemente y eso le provocó caer al suelo, golpearse la cabeza dos veces –rebotó– y finalmente morir casi instantáneamente.

Ana llamó a Esmeralda mientras un leve llanto atravesaba sus labios y ojos. Cuando Esmeralda llegó, imitó el primer gesto de Ana ante la catástrofe: un grito que no se pudo emitir.

–Chécale el pulso.

–Es obvio que está muerto, Ana. Está muerto. ¡El maldito plan no era matarlo pero tú sí que lo querías muerto!

– ¡Claro que no lo quería muerto, Esme! ¡Es un pequeñín, no lo decía en serio! ¿Qué… va… mos… a… a… ha…cer… a…hora? –preguntó con la respiración entrecortada a causa del llanto.

–Quitaremos las trampas… sí, sí. Y… mmm… envolveremos el cuerpo en una sábana y… y luego lo metemos a mi auto, a la cajuela. Lo enterraremos en algún lado, ya veremos dónde. Y también tendremos que limpiar tu cocina. –Luego, Esmeralda comenzó a llorar asustada pues le pareció increíble la manera tan rápida en la que se le ocurría ocultar un tipo de crimen.

Quitaron la trampa, envolvieron el cuerpo, limpiaron la cocina, lo metieron con mucha precaución a la cajuela del auto de Esmeralda, quitaron la otra trampa y metieron a la parte trasera de auto, con otra tanta de precaución, una pala.

Entre llantos y quejidos condujeron hasta dejar de ver casas y fue así como decidieron dónde enterrar un cuerpo.

***

– ¡Hugo, no te comas mi dona! –Gritó Ana mientras corría hacia la barra de su concia –Maldito gato, eres horrible. Juro que un día te voy asesinar con mis propias manos. ¡Y tu estúpida dueña que no se puede hacer cargo de ti!

–Miaw…

–Hugo, no porque te pasees en mis pies voy a dejar de molestarme…

–Miaw…

–Está bien, Hugo, te perdono. Te llevo a tu casa.

–Miaw…

–Un día de estos tu imprudencia y falta de educación te provocaran la muerte, gato malcriado.


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