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De colores

noviembre 1, 2019

De colores

La canción “De colores” ha estado presente en mi vida desde que tengo memoria, asociada especialmente con la muerte la he cantado sin muchas ganas en el pasar de los años, 18 para ser exactos. Recuerdo tomarme de las manos con mi familia paterna mientras nos mecíamos cantando sus versos alrededor de la tumba de mi abuelo Tomás cada año en su aniversario luctuoso o cada 02 de noviembre. Aunque siempre significó luto, nunca tuvo tanta importancia. Para mí era parte de un ritual más (a veces hasta ridículo) que teníamos que cumplir.

La canción es el himno del movimiento de cursillos (un grupo de cristianos católicos). Mis cuatro abuelos, así como mis papás y algunos tíos, han sido parte de este movimiento por lo que la canción pasó a nosotros sin tanta importancia.

En noviembre del 2017, cuando murió mi abuelo Nacho (papá de mi mamá), amigos de la familia llegaron a dar el pésame y pidieron permiso para cantar “De colores” como los cursillistas que eran. Mi mamá, mi papá, dos tíos y mi abuelita se acercaron para cantarla y por primera vez, después de haberla escuchado y cantado toda mi vida, “De colores” cobró todo el sentido para mí. Aunque siempre la asocié con la muerte nunca se había sentido como tal: cantaron “De colores” porque mi abuelo estaba muerto, nada más.

Lloré muchísimo con cada palabra, palabras que me sabía y que había escuchado toda mi vida, palabras por las que nunca había llorado hasta ese día. Lloré cuando gritaron “¡no muere!”. Lloré al verlos mecerse al ritmo de la canción. Lloré porque mi abuelo estaba muerto y teníamos que cantarle la canción de la muerte. Si estuviese vivo no tendría, por alguna razón, sentido cantarla. Para mí nunca fue un himno de un movimiento cristiano, para mí siempre fue la canción que se le canta a la gente muerta; cuando tuve que abrir mi boca y reproducir su melodía tras el entierro de mi abuelito, por primera vez en toda mi vida odié esa canción. Mi abuelo estaba muerto y yo sólo lo confirmaba al cantar junto a mi familia. Mi abuelo estaba muerto y no me había dado cuenta de lo que significaba su muerte hasta que comenzaron a decir “De colores, de colores se visten los campos en la primavera”.

Las velas derretidas, las hojas de las flores en el suelo, el café en la estufa no tenía mucho sentido hasta que alguien dijo “cantemos ‘De colores’” y fue en ese momento donde el beso que le di a su mejilla fría y tiesa antes de llevarlo a enterrar cobró toda la importancia pues no volvería a tocar sus mejillas con mis labios y no me había percatado de eso hasta que yo misma dije “de colores”. Cantamos esa canción en específico porque él estaba inmóvil bajo tierra cumpliendo con el único deber que le quedaba en el mundo de los vivos: hacerse polvo.

Cuando la cantas tienes que tomarte de las manos con otras personas y mecerte. Tienes que gritar con cierto gusto y tienes que hacerlo, sí o sí cuando alguien muere y sé esto porque nunca la cantamos cuando estamos de fiesta festejando “un año más de vida”, porque en las sinfín de celebraciones a mi abuela Porfi (viuda de Tomás) no se nos ha ocurrido tomarnos de las manos, ponernos en círculo y cantar “De colores”, y no lo hacemos porque está viva; pienso que si lo hiciéramos, bajo la superstición que compartimos pero que no decimos en voz alta, invocaríamos un “mal” en su vida (la falta de esta).

Mi abuelito está muerto, ya va para dos años de esto. Y cuando pienso en él pienso en “De colores” y en lo bonita que se ha de haber escuchado esta canción en la voz de él porque cantaba re bonito. 

“Saciaremos, saciaremos la sed Ardorosa del Rey que no muere, ¡no muere!”


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