Desahogo y reseñas

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Con eso no se juega

enero 18, 2021

Con eso no se juega

Espero que un día te pases por aquí, donde te colgué de los primeros pagos de nuestras apuestas.

La gente vive 200 años, y festeja los 42 como para nosotros eran los 21.

No sabemos cuantos años tiene él, pero hoy es el cumpleaños 42 de ella. Aquí, hace siglos que la gente comenzó a retrasar el ritmo de vida, al ver que vivirían tanto, pues vieron que podrían disfrutar equitativamente más años de cada etapa.

A los 42 años, las personas se ven de 20 en esta historia, y quienes fueron afortunados van a la universidad en esos años, una década por lo general, empezando a los 36 y terminando a los 46 casi siempre. No todos van a la universidad, algunos sólo empiezan a trabajar y dejan la escuela. En este mundo aún hay pobreza, en este mundo aún los padres abandonan a sus hijos. Las madres aún se queman las pestañas por sacarlos adelante y hacerlos ser íntegros, a pesar de las sombras que deje el progenitor.

Lo mismo pasa con las madres que abandonan a sus hijos. En este mundo sigue habiendo gente cruel, no importa cuántos siglos hayan pasado.

Pero como decíamos, en este mundo, la crisis de la mediana edad da entre los 80 y los 90 años.


Es su velita número 42, y tiene todo el día para celebrarlo. Sabe que no va a verlo, porque él quiso dejarla disfrutar. ¿Quizá quería no empañar otro momento, justo como hizo con el viaje de estrellas al que dijo que no la acompañaría? Quizás se estaba despidiendo, pero a ella sus 42 años, 6 menos de experiencia en la vida, no la dejaron ver nada, ni siquiera lo mucho que la quiso yéndose.

No va a verlo hoy, pero él se encargará de manchar ese día con un mensaje que ella seguirá sin entender incluso a los 50, a los 60, a los 80.

Ella sabe de despedidas lentas que duelen, sabe cómo irse en silencio, y cree que es la única forma decente de hacerlo sin causar más dolor del necesario. Ella no mandaría mensajes de declaración semanas antes de irse, días antes de alejarse. Ella habría contenido ese impulso como último invisible resto de cariño. Pero ella no es él. Y sólo la resistencia genera dolor.

Le conoció tantas virtudes que olvidó capturar sus debilidades: las explicaciones, y que ella siempre quiere entenderlo todo. De haberlo sabido no habría movido así los dedos en la pantalla, y no habría texteado esas cosas en su holograma Redtooth.

Porque antes de irte no amenazas a alguien con la esperanza de que sigan estando ahí en varias décadas más, juntos. Menos en un asilo, menos le pides por varias décadas de adelantado que en esos momentos te cuente sus momentos trotamundos y sus momentos recorreplanetas, conquistauniversos. Es de mala educación y poca compostura. Habría, entonces, tenido más sentido dar un obsequio inapropiado, en una habitación pequeña, unos días antes de decir adiós.

No se vuelve uno poeta antes de cantar el desamor.

Pero a ese cuarentón no le gustaba hacer las cosas con sentido, sólo soltaba y vibraba como le naciera en la sonrisa.

Le enseñó mucho yéndose, pero la dejó con muchas preguntas sin respuesta, que reaparecen cada que alguien pone en un estéreo QR algún código relacionado con Manuel Medra o Vicenzo García.

Ambos curaron sus heridas, y pasaron a sentir por el otro algo más como el cariño que se tiene entre amigos. Del fuego ya no quedan cenizas. Plantas preciosas florecieron por encima de los restos de ese cuerpo, amor inerte. Sólo quedan preguntas sin respuesta que a veces le hacen volver a querer desanudar quien sabe qué.

¿Nostalgia y curiosidad? Quizá sólo soberbia que no tolera no entender todo.


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