Desahogo y reseñas

Reflexiones

Cómo me dolió. 2019

diciembre 31, 2019

Cómo me dolió. 2019

Que si el resumen del año, que qué significó para ti, qué cosas aprendiste, qué valoraste, qué dejaste ir. No me gustan esas cosas ni hablar de la experiencia del año que se va ni lo que se espera para el año que viene, pero igual me gustaría ser partícipe de una especie de desahogo, esa cosa tan mísera en sí misma, tan parecida a mí pues, algo que he sabido hacer muy bien (algo así como la ridiculez de un libro de autoayuda) en todos mis años como persona que escribe cosas.

Cómo me dolió. Creo que es una forma prudente y sencilla de resumir el grandísimo 2019 (según algunos, el fin de la década). Me dolieron las relaciones que terminé, lo poco que pude lograr en mi vida académica, la cantidad diminuta de libros que disfruté y mi ansiedad creciente.

Me dolió verme al espejo y sólo encontrar deformidades; me dolió tener que levantarme todos los días y enfrentarme a la ausencia de un “nosotros” que parecía estar flotando por ahí, quién sabe dónde, con la enferma esperanza de que todavía podríamos estar juntos; me dolió despedirme de amistades que amé más que a mí misma; me dolió respirar en este cuerpo que quise con mucha desesperación dejase de existir.

Cómo me dolió no entender la muerte. Casi en todos mis viajes a Cuernavaca pasaba de una a dos horas pensando en qué es morir, en qué consiste la muerte, por qué es, por qué está, qué hace. Ninguna respuesta, solo dolor. Bien dije un día “la muerte no es suficiente para explicar tu ausencia” le decía a mi fallecido abuelo y entonces tuve que enfrentarme a un nuevo dolor que ya se vislumbraba: la ausencia.

Maldita ausencia, qué cosas tan espantosas provocaste en mí. No sólo la ausencia de los que ya están muertos me atormentaba, también la de los vivos. De esos amigos que de repente ya no estaban, de esos amores que desaparecían, de las nulas explicaciones de los que se alejaban y de mí misma. Me sentí abstraída del mundo, flotaba, veía de lejos; no era yo, nunca fui yo. Despertaba, respiraba, comía, hacía pipí, todo en el mismo cuerpo pero no era yo. Mi “yo” estaba ausente o encerrado, aún no lo sé. A veces sí le sentía, como que se avecinaba o gritaba y podía escuchar el leve sonido porque según esto estaba lejos pero no llegaba, seguía ausente. Mi “yo” corría hacia mi cuerpo e intentaba apoderarse de él pero no podía, seguía ausente. Y su ausencia me mató un poquito, mi ausencia me mató un poquito.

Leí poco porque estaba ausente. Trabajé en mis artículos muy poco porque estaba ausente. No moldeé mis amistades porque estaba ausente. Me destruí tantito hasta escalar a lo “mucho” sólo por estar ausente. Y cómo me dolió esa ausencia.


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