Desahogo y reseñas

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Al séptimo día, resucitó

agosto 8, 2020

Al séptimo día, resucitó


Me tenía agarrada del cuello desde hacía meses, todos los días terminaba escuchándola, era de las formas más sencillas de calmar mi ansiedad por lo que sea.


Me había vuelto muy sensible a la hora de comer, si no estaba disfrutando o si no me sentía serena mientras masticaba, sabía donde iba a terminar todo el plato. Ya me había acostumbrado y me agradaba la idea de tener ese pretexto también, esa tangente.


Me daba envidia la gente que sí se podía controlar, yo me sentía incapaz, cada que pensaba en la idea me entraba una ansiedad horrible, así que ya terminaba siempre por sacrificar un vientre plano por mi serenidad mental. Una serenidad que se quebraba tan fácil como el papel china mojado. Pero serenidad al fin y al cabo.


No sé en qué momento algo me dio la suficiente esperanza para intentarlo, vi pasar tres días sin escucharla y me dije a mi misma que porqué no tres días. Cuando vi ya eran cinco, entre todos los tés naturales que estaba tomando era mucho más sencillo no ceder al hambre de toro.


Siempre he defendido mi enfermedad a capa y espada de las demás adicciones porque a diferencia de un cigarro o una copa, todos necesitamos comer 3 veces al día. Yo me sentaba por lo menos 3 veces al día a la mesa con el enemigo detrás de mi oreja y mis fantasmas en la cabeza.


Se fue haciendo menos fuerte, ya no entraba conmigo al baño, ya no me miraba la nuca mientras abría la puerta del baño, ya no me prometía recogerme el cabello mientras regresaba la comida.


Mi piel se estaba adhiriendo más a mi músculo, no creía cómo dándole a mi cuerpo lo que necesitaba de verdad mis músculos en el abdomen comenzaban a endurecerse más. Llevaba muchos meses asegurando que quizá ese 20% que retenía, restando toda lo que hacía regresar por mi garganta, era suficiente gasolina. Al contrario de lo que quería, había estado reteniendo lo poco que mi cuerpo recibía de grasa. Mi organismo estaba luchando por hacer el %110 que yo le exigía.


¿Porqué no le tengo miedo a la muerte? Ese es mi secreto, yo siempre estoy muriendo.


Al terminar el séptimo día yo podía comerme un pan con un café sin miedo a terminar esclavizada en el baño. Podía disfrutar la crema pastelera de la empanada sin sentirme mal conmigo misma. Ya no me daba miedo entrar a la cocina y pasar cerca del refrigerados. El octavo día me miré al espejo y vi cómo los remedios naturales me ayudaban a reformar mi torso y a sostener mi fuerza de voluntad.


No sabía cuándo iba caerme pero esa semana levantando la cabeza me había devuelto la confianza en mis pasos y en mis tropiezos.


    Amo casi cualquier forma de arte. No puedo vivir sin bailar ni respirar una semana seguida sin escribir. Las letras son mi refugio, y el baile mi manera de exhalar. Tengo 21 años y estudio Mercadotecnia y Medios digitales en México. Todo lo que ven aquí son pedacitos de mí que quise meter en este baúl, son libres de acabárselos a críticas. Al final del día, los lectores hacen al escritor.


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